Diana a las cinco. Hay que ver salir el sol en una zona de geiseres llamada precisamente “Sol de Mañana”. La Laguna Colorada, a la altura de la cual están los refugios, está helada. Como seguimos ascendiendo, el frío va en aumento y cuando llegamos a los geiseres, entre la baja temperatura y el efecto chimenea que allí se produce, el viento te corta el resuello. Olor a azufre, mucho vapor, las gafas empañadas y demasiado agujero en ebullición para ir haciendo el bobo por aquí. Las fotos justas y al Toyota. Estamos a cinco mil metros.
Más altiplano, más lagunas y llegamos al poco a la Laguna Polques que presenta un surgimiento de aguas termales en un lugar próximo al camino. Alguien tuvo la idea de cercar la fuente de aguas termales de modo que hay una balsita casi circular de unos siete u ocho metros donde la gente se baña.
Habría una quincena de vehículos cuando llegamos. La mayoría se estaban bañando o lo habían hecho ya cuando llegamos. ¡Con qué cara de felicidad y satisfacción se les veía!
Si tenemos en cuenta que como mínimo llevábamos tres días con higiene precaria o nula, a aquel caldito solo le faltaban los fideos, pero… ¡qué gustito, oiga, tan calentito!
Continuamos nuestro periplo altiplánico pasando por el llamado Desierto de Dalí, una zona que es similar a la pintada por el de Figueras en alguno de sus cuadros y en cuyo honor se le dio este nombre. Dicen que él nunca conoció el lugar antes de pintar sus cuadros. Para hacerse una idea, es algo parecido a lo que el cine nos presenta como supuestos paisajes marcianos: desierto arenoso, grandes rocas sueltas, ausencia de vegetación y colores ocres en varios tonos en las montañas que rodean la llanura.
Continuamos haciendo camino hacia la Laguna Verde, llamada así por su color, que depende, no solo de los solutos que se lo confieren, sino también del régimen de vientos. No tuvimos suerte pues había que hacer un esfuerzo para imaginarla verde. Un viento del sudoeste, frío y molesto, rizaba su superficie. Al fondo el volcán Likankaur, mitad chileno, con una pequeña fumarola, reafirma su existencia.
Sophie y Steve pasarán a Chile y continuarán su periplo sudamericano. Los acercamos a la frontera, donde un microbús les espera para llevarlos a San Pedro de Atacama.
Volvemos sobre nuestros pasos hasta la Laguna Colorada para, bordeándola por su parte sur, ir regresando a Uyuni.
El driver sigue consumiendo coca. La fórmula consiste en tomar primeramente una cerveza sin alcohol, que él nos mostraba cada vez para tranquilidad nuestra, después ir masticando hojas de coca de una en una conservando el peciolo para poder extraerla de la boca sin escupir y cuando ya llevas varias horas con la coca, se remata con Coca-Cola…la parienta espera en casa.
Nada más partir hacia nuestro nuevo destino el coche empezó a pistonear y se paró. El cable de la bobina no hacía buen contacto con la tapa del delco. Se le metió una cuñita pero el problema era que en el conector del extremo estaban casi todos los filamentos quebrados. Anduvimos el resto del viaje como cuando tienes un Windows con problemas, que nunca sabes si te va arrancar ni cuando se va a colgar, teníamos el “síndrome del pantallazo” en pleno Altiplano y a cuatro mil metros de altitud promedio.
Después de una hora llegamos a San Juán, pequeño pueblo al sur del Salar de Uyuni y ribereño del Salar de Chiguana, zona desierta, llana y salitrosa que tardamos menos de una hora en cruzar y que es la entrada al desierto de Siloli, siempre en dirección sudoeste acercándonos cada vez más a la frontera con Chile.
Al poco de abandonar el salar de Chiguana cruzamos la vía férrea Uyuni-Antofagasta y después de bordear unos cerros por el lado este se divisaba ya el volcán Ollagüe, de 5800 m, y con una fumarola en su parte sur que indica que está activo. Seguimos nuestra marcha siempre en dirección sur por lugares sólo hollados por las ruedas de los toyotas y que daba igual pisar sobre las huellas previas que abrir nueva trocha, pues son llanuras pedregosas de enorme extensión. La aridez la suaviza la vista de los nevados en el horizonte. Nos estamos moviendo por altitudes superiores a los cuatro mil metros.
Cuando ya estábamos hartos de tanto bote y ajetreo entramos en una pista, que al parecer figura en los mapas como carretera nacional y así debe utilizarse pues nos cruzamos con algunos camiones cisterna chilenos de gran tonelaje. Rodando por esta “carretera” llegamos a un lugar donde las rocas estaban muy erosionadas dando un aspecto peculiar al paisaje. Allí nos detuvimos unos minutos para visitar el roquedal y hacer fotos al Ollagüe desde el punto que más próximos íbamos a estar al mismo, no menos de cinco o seis kilómetros de su base. A esto los folletos turísticos lo llaman “Visita al volcán Ollagüe desde el mirador”; te lo venden como si fueses a emular a Haroun Tazieff (el vulcanólogo francés) que se metía literalmente en cualquier volcán.
Aquí me fijé por primera vez en un vegetal curioso por sus peculiaridades: es totalmente verde, adopta forma esférica y por su morfología parece un coral cerebroide. Se trata de la llareta o yareta ( Azorella compacta, antes Azorella yareta) que luego sería más frecuente y que en algunas zonas llegaba a ser casi tan abundante como la paja brava, que es el vegetal de presencia más amplia en estos desiertos andinos y que es la base nutritiva de las vicuñas cuya observación es frecuente.
Desde aquí iremos ya paralelos a la frontera con Chile, abandonando la carretera mencionada anteriormente, para adentrarnos en la zona de las lagunas, circulando, ahora sí, por pistas de montaña.
La primera que nos encontramos es la Laguna Kañapa, donde comimos, y que presenta las características comunes a todas las lagunas de la zona: salitrosa, gélida y con colonias de flamencos y gaviotas andinas.
Continuamos nuestro camino hacia el sur llegando a la Laguna Hedionda que tiene la mayor colonia de flamencos de todas las lagunas de la región. El nombre lo recibe por su olor a anhídrido sulfídrico, que es el aroma existente alrededor de las depuradoras de nuestras ciudades. La abundancia de flamencos puede deberse a que sus aguas contienen más microorganismos al ser más nutritivas para estos.
Aquí hay un pequeño hotel, Los Flamencos, de nos más de cinco o seis habitaciones, ese día cerrado y probablemente abandonado, por el aspecto. Nuestro chófer nos dejó bajar con la consigna: “Apúrense, los recojo en diez minutos”…al cabo de una hora nos tenía desesperados. Me dirigí al hotel pensando que estaría allí y después de comprobar el estado de más absoluto abandono en que estaba, al dirigirme al vehículo con el resto de mis compañeros lo veo aparecer acompañado de una cholita.
Reanudada la marcha y como el conductor no era bilingüe, faltando a lo que te venden, le comento a mis compañeros lo que ya había confirmado: “Our driver is all the day eating coca because he fucks in all the place we visit” a lo que respondieron que ya lo sospechaban pero no se habían atrevido a decirlo. A partir de ese momento los chascarrillos al respecto nos amenizaban el viaje.
Al caer la tarde llegábamos al “Árbol de Piedra”, otro clásico del recorrido, una zona de rocas erosionadas por el viento, con una en particular que más se parece a una seta que a un árbol. Supongo que lo del árbol vende más.
Como el sol estaba ocultándose y el frío era intenso, después de unas pocas fotos, seguimos nuestro camino entrando en la Reserva Natural de Fauna Andina Eduardo Avaroa, señalizada unos kilómetros antes de llegar a la zona de control donde están también los refugios en los que pernoctaremos.
El registro de entrada es riguroso, debiendo presentar el pasaporte, y haciéndolo por grupos con indicación del guía. Coste de la visita: 150 Bs por persona. A cambio: un díptico y unas precarias instalaciones donde pasar la noche.
Una habitación para cada grupo, una zona común para todos donde alternar y hacer las comidas, techo de uralita, cristalitos sencillos en las ventanas, aseos sin agua corriente ni ducha, váteres sin pestillo que se abren hacia afuera, un bidón de agua con un recipiente para sustituir a la cisterna y afuera dieciséis grados bajo cero.
Por 300 Bs la pareja se tiene en cualquier ciudad una habitación doble en un 4 estrellas. Si según los datos oficiales, pasamos por aquí entre treinta y cuarenta mil visitantes anuales, el negocio es redondo.
Nuestro “driver is missing again”. Cenamos y hacemos sobremesa larga para meternos en los sacos suficientemente cansados. Jugamos también a las cartas y de cinco o seis partidas sólo perdí una… ¡y eso que jugábamos en inglés! ;-)
Comenzó luego la travesía del salar haciendo parada en el primer hotel de sal que se construyó y que ahora es sólo un pequeño museo, tienda y comedor. Estamos a diez kilómetros de Colchani. Como el salar se inunda en la época de lluvias (320 mm/año. Precipitación media en Murcia: 375 mm/año) con una capa de agua entre 10 y 50 cm, el que construyó este primer hotel vio que había una pequeña elevación suficiente para evitar la inundación del mismo. Al lado del hotel hay un pequeño promontorio salino en dónde, supongo que los primeros que se aventuraron a hospedarse en él, colocaron la bandera de su país, al modo como se ve en los documentales que ocurre en el Polo Sur.
El Salar de Uyuni está a una altitud de 3660 m y tiene una extensión de 12.000 km2. Para que nos hagamos una idea, la provincia de Teruel tiene 13.000, la de Valencia 10.000 y la de Murcia 11.000 km2, en números redondos.
El promedio de temperaturas está en 6º, aunque oscilan entre máximas de 30º en verano y mínimas de -25º en invierno (junio a septiembre). La realidad es que en el salar hace “harto frío” en expresión boliviana.
Seguimos hacia la Isla del Pescado. Está a setenta kilómetros de Uyuni y hay cierta confusión con la denominación, pues hay quien dice que se llama también Isla Incahuasi y otros afirman que ésta última se trata de otra isla. Hay varias islas más en el salar. La del Pescado es la más visitada porque es la única que tiene cactus gigantes de hasta diez metros (Trichocereus pasacana).
La isla es un área protegida y tiene unas mínimas instalaciones de control de acceso y servicios: cafetería y aseos. Si quieres utilizar los aseos hay que obtener el boleto a 30 Bs y te permite además visitar la isla en un recorrido circular ya trazado. No hay folleto explicativo ni carteles. Todo se reduce a asombrarse con las dimensiones de los cactus y a extasiarse en la cima maravillado por la extensión blanca que te rodea y que abarca todo el horizonte observable. El color blanco es tan dominante que en días nublados llega a producirse el fenómeno del “White out” o “blanqueo” (pero no de dinero) por el que el horizonte desaparece.
Además de los cactus gigantes hay otra vegetación en la isla, incluidas otras especies de cactus, de la que no se dar referencia y no vi -aunque lo busqué- vida animal. He leído que hay vizcachas (un roedor pariente de las chinchillas), picaflores (colibríes), otros pájaros, hormigas, arañas y lagartijas.
Un buen campo de trabajo para biólogos y naturalistas.
En una bahía, en el lado oeste de la isla, se sitúan los toyotas, que llegarían a la treintena, teniendo cada uno asignada una mesa de bloque de sal y algunas rocas que sirven de asiento y que se utiliza para la comida de los turistas. La contaminación producida por las pérdidas de aceite de los vehículos destaca mucho en este lugar hasta hace poco inmaculado.
Los cactus crecen también en las laderas de algunos montes que rodean al salar y allí son de mayor tamaño como pudimos ver al atardecer cuando llegábamos a Puerto Chuvica.
El cerro Thunupa, uno de los que rodean al salar, tuvo un hijo con Kosuña. Cuzco celoso de Kosuña entra en discordias con él. Aprovechando la circunstancia, Coracora enamora a Thunupa, que le deja el hijo a Kosuña y huye con Coracora. Inician un largo viaje y en lugar llamado Jyayo Khota la mujer tiene que vaciar sus pechos de la leche que no ha podido consumir su lactante. Hoy en esa hoya se ve la blancura desparramada.
Puerto Chuvica, a unos 70 km al sudoeste de la isla del Pescado, es un caserío paupérrimo, en dónde hay construidos dos hoteles de sal.
Hay varios hoteles de sal construídos en el salar y próximos a la orilla. Estos son hoteles con los lujos y comodidades de un buen hotel en el primer mundo, para un turismo coleccionista de sitios visitados que no quiere perder sus hábitos de vida occidentales. Son la muestra y la punta de lanza del cambio del turismo mochilero por este otro. El turismo mochilero es más atrevido pero también coleccionista de lugares visitados sin importarle, en general, la realidad natural, cultural y antropológica del lugar que visitan.
Nuestro hotel de sal no pasa de ser un precario refugio, hecho con bloques de sal, los catres hechos con bloques de sal y el salón comedor con mesas y bancadas con más de lo mismo. La iluminación la proporcionan unas bombillas adornadas con sal cristalizada alrededor de unos alambres a modo de lámpara. La fuente de energía son paneles solares. Para completar el conjunto, cristales de sal desparramados por el suelo en un grosor de varios centímetros; habiendo olvidado acortar las puertas para que dicha capa no entorpezca, por lo que resulta bastante tosco el conjunto, a mí me recordaba el cajón del gato de Rita aunque algo más grande.
En este primer hotel estábamos los ocupantes de tres vehículos, es decir dieciocho personas. Las habitaciones eran de cuatro catres aunque tuvimos la suerte de disfrutar de una matrimonial.
Los aseos se reducían a un lavabo pequeño con agua gélida, una ducha con agua caliente por 10 Bs, que después de verla no utilizamos ninguno, y dos váteres que se tardaron bastante en utilizar dado su aspecto, aunque a la fuerza ahorcan.
Afortunadamente el grupo era bastante solidario y los primeros dejaron los váteres mejor de lo que estaban cuando llegamos. Intenté su uso en horas prudentes pero me encontré con que las puertas no tenían pestillo y además abrían hacia afuera; el que te pillaran literalmente cagando era cuestión de segundos. Como no era perentorio lo dejé para la madrugada.
La cena nos la sirvieron los conductores de los otros vehículos; el nuestro no apareció en ningún momento. Igual ocurrió con el desayuno y ya estaban todos marchándose cuando apareció nuestro chófer. A mis preguntas sobre su estado de salud respondió que se encontraba perfecto por lo que ya elaboré una hipótesis respecto a su ausencia.
Aunque la cama tenía sábanas y mantas, dormimos sobre las mismas en nuestro saco, cuya bondad respecto a las bajas temperaturas ya habíamos comprobado
El día D a la hora H, sobre las once de la mañana, estamos en la puerta de Wara Altiplano. Dejamos nuestros equipajes en la oficina y con lo imprescindible nos subimos a un Toyota 4x4 que ya nos esperaba con la baca preparada con sus bidones de agua y gasolina y la lona para cubrir las mochilas.
Compartimos viaje con Sofie y Steven, joven pareja belga-flamenca, y con Nick y Jhonnatan, dos jóvenes de unos 25 años del norte de Londres.
La primera visita es al cementerio de trenes que hay al sur de Uyuni, a escasos kilómetros de la población. Una docena de toyotas, clones del nuestro, se encuentran ya allí. Testigos de mejores años hay toneladas de chatarra ferroviaria. Probablemente no llamaría la atención de nadie pero como está incluido en el viaje, ¡pues hala, a hacer el tonto como los demás! Por qué están allí aquellos restos y cual fue la época de esplendor nadie lo sabemos; los guías tampoco… pero qué bonitas quedan las fotos para los amigos.
Desde allí, de nuevo hacia el norte, nos dirigimos a Colchani, un pueblo de adobe con una veintena de viviendas, situado en el límite del salar, que vive de la sal y de las chucherías y artesanías que venden a los turistas.
Luego de una pausa suficiente para comprar algún recuerdo, seguimos viaje entrando ya en el salar por la zona de explotación. Algunos centenares de pilones de sal, perfectamente alineados y agrupados por parcelas se encuentran a un par de kilómetros del límite terrestre. Entre ellos nuevamente un par de decenas de toyotas y los ocupantes a pie de sal haciéndonos las fotos de rigor.
Nos llama la atención la suciedad que introducimos en esta zona en explotación: grasa de los vehículos y colillas y algún otro residuo sólido son la marca de nuestro paso por aquí.
En el periódico LARGAVISTA aparecen dos noticias que son dignas de compartir con vosotros.
En una sección llamada “desCONSIDERACIONES” que firma el periodista Domingo Tiznado, refiriéndose a AeroSur, una línea aérea boliviana, se lee:
1-“Una línea nacional está prácticamente al borde del colapso. Hace un tiempo se proclamaba que el dueño de la misma estaba siendo perseguido por “pensar diferente” y que era el hombre más bueno del mundo.
Sus empleados y trabajadores lo defendían a “capa y espada” dando su sangre por él.
Ahora aparece un señor con la noticia de que el hombre bueno dejó la empresa con las “arcas vacías” llevándose una millonada de dólares.
COMENTARIO: Seguro que este buen hombre estudió en la misma Escuela de Negocios que nuestro ínclito compatriota Díaz Ferrán, él también alega ante la justicia que MARSANS quebró por culpa de J.L. Rodríguez Zapatero y no por el agujero de 4,7 millones de euros que “dios sabe ande” estarán. ¡Ver para creer!
2-“Del exterior: un rey – todavía existen esas curiosidades entre los gobernantes – presidente de una asociación mundial de defensa de la naturaleza, se embarca al África a divertirse con la caza de elefantes ¡Qué gustito real !
En esta oportunidad contrató a Rann Safaris , empresa que paga 570 mil dólares por paquidermo devastado.
Habría que saber cuantos elefantitos cazados tiene en su haber. Pero le llegó la maldición del dios de esos indefensos animales: se partió la cadera.
A tiempo de disculparse simplemente dijo que no volverá a hacerlo”
Hemos estado durante una semana sin conexión a internet. Cuando hemos dispuesto de ella, el ancho de banda o la intensidad de la señal Wi-Fi no han sido siempre las necesarias para permitirnos actualizar el blog (las fotos tardan tanto que la conexión se cuelga). Ahora hemos tenido una posibilidad de ir actualizando y la hemos aprovechado. Es posible que mañana volvamos a entrar en unos días de aislamiento internauta.
Durante la primera semana para poder hacer comentarios había que registrarse en alguna de las diferentes opciones que Blogger ofrece. Cuando nos lo dijeron por email algunos amigos, lo cambiamos de inmediato y desde entonces ya puede hacerse como anónimo; obviamente, si no se firma no se sabe quién hace el comentario.
Cuando estuvimos en Uyuni, visitamos el salar y completamos un circuito andino hasta la frontera con Chile en San Pedro de Atacama. Volvimos a Uyuni y desde allí nos mudamos a Potosí. De Potosí nos fuimos antes de lo previsto por problemas de Miguel con la altitud (¡que no tuvo en el altiplano a altitudes mayores!). Ahora estamos en Sucre y mañana seguimos nuestro periplo boliviano.
Los sacos parecen adecuados para estas temperaturas. Al intentar ducharnos no salía agua por el grifo caliente. Me dicen en recepción que se ha helado el agua en las cañerías, pero que en las duchas comunes funciona el agua caliente…¡qué remedio!
Uyuni fue fundada en 1890 como posada para caminantes. Actualmente sigue siendo lo mismo. Sólo han cambiado los caminantes que ahora son los cuarenta mil turistas anuales que pasamos por aquí camino del salar.
Su estación de tren es un nudo ferroviario que enlaza las líneas de Oruro (por la que vinimos), Villazón, en la frontera con Argentina, y Avaroa, en la frontera con Chile.
Hace un frío intenso, incluso al sol de mitad de la mañana, intensificado por una ligera brisa que te hiela las orejas si no te las proteges. La luz del sol es brillante y te obliga a llevar gafas oscuras o una gorrita con visera como es mi caso.
Está a una altitud de 3600 m. y según las fuentes, la población actual oscila desde los treinta a cuarenta mil habitantes. Estas cifras se ve que son falsas simplemente dándose una vuelta por el pueblo y viendo su extensión y la altura de las construcciones. En Google Earth he medido su superficie y me salen, con generosidad, 1,9 km2, lo que daría una densidad de población varias veces superior a la de Nueva York.
Como el hotel está en la periferia del pueblo, en la calle abunda más la arena del desierto salitroso circundante que en las calles centrales. Si unimos esta imagen al molesto vientecillo que hace, sólo nos faltan las bolas de salicornia rodando por las calles para creer que estamos en el oeste norteamericano.
Las salicornias existen como pude comprobar después, pero son planas y es posible que no sea todavía la época de diseminación.
El centro de la población es un continuo de restaurantes, casas de cambio, locales de internet, algunos hoteles y sobre todo, empresas de turismo que ofertan los viajes al salar y otras actividades.
Después de informarnos en varias de las agencias sobre los circuitos y precios, optamos por un paquete de tres días que incluía la visita del salar y la de varios lugares del altiplano, incluida el área protegida del Parque Nacional Eduardo Avaroa, con la agencia Wara Altiplano.