Entrando un día a S. Francisco encontramos que se hallaban oficiando la misa por lo que nos sentamos en el último banco a esperar que acabara y así poder recorrer la Iglesia tranquilamente.
El cura remató el ceremonial con un “Pueden ir ustedes en paz. Que tengan un buen día, que sus negocios adelanten y que todos sus seres queridos estén bien. Buenos días” Y, añadió “Aquellos que quieran tomar el agua bendita pueden acercarse”
Yo, al oírlo, no sabía si eso de “tomar el agua bendita” era que nos la daban a beber o que yo debía llevar un recipiente que no tenía.
Pero, sin pensármelo dos veces recorrí el pasillo central del templo y me puse junto a cholitos y cholitas que ya se congregaban en el Altar Mayor.
Conforme me acercaba observé que con lo que parecía un hisopo iba echando agua sobre ellos pero, lo que el buen hombre tenía en la mano no era un hisopo al uso sino una especie de vara larga con una gran bola en su extremo de la que colgaban infinidad de largos cordones de seda color granate.
Temiéndome lo peor, me quité las gafas rápidamente pero ya, en una de sus vueltas, el agua llegó a mí en forma de gruesas gotas que me afectaron a cabeza, camiseta, pantalón y, por supuesto, ¡a las gafas…!
Me volví a mi asiento y, tras retirarse de la Iglesia las personas que quedaban, empezamos la exploración de vírgenes, cristos y santos.
Todos ataviados con el mismo estilo, mantos, túnicas o enagüillas profusamente bordadas en oro o plata y piedras con colores de lo más variopinto, de la Dolorosa a Santa Rita pasando por el Cristo en el Gólgota o San Miguel con brillante armadura y casco con largas plumas.
La imaginería se reduce a cara y manos, lo demás se reserva a la imaginación de quien completa la obra.
Sincretismo religioso en la fachada principal
Rita

